miércoles, 14 de septiembre de 2022

Sigue nublado, llovizna por momentos. En el desayuno chalamos sobre el tiempo que hace que damos vueltas por la zona de Angra dos Reis, Ilha Grande. Trayectos cortos de un lado a otro, un tema de papeles. Aunque sería más prudente que sea para principios o mediados de octubre, decidimos viajar a Río de Janeiro para fin de mes, el cumpleaños de Luis. Un viaje de al menos doce horas. Vamos a esperar el viento que nos lleve. Nos alegra saber que vamos a volver a navegar. 

Después, nos miro sentados a la mesa de la dinette. Luis toma notas en su cuaderno, Toto hace su tarea, Nico dibuja, yo escribo. Estamos tranquilos, en silencio. Los días de lluvia en el barco.

Por la tarde los chicos se quedan a jugar con la hija de Enzo y nosotros aprovechamos para ir al pueblo, conocer y comprar algunas cositas. Cuando estamos despidiéndonos llega Armando. Va para esa zona, nos ofrece llevarnos. Decidimos ir con él y volver caminando porque hay que subir un morro por el estrecho camino que hay, por el que pasan autos, bicicletas, colectivos y personas.

Nos habla sin pausa hasta que nos bajamos. A la vuelta, en mitad del camino, nos toca bocina. Como no para de lloviznar, nos apuramos a subir y volvemos a escucharlo sin intensiones de interrumpirlo. Fuma. Yo voy en los asientos húmedos de atrás, rodeada de trapos, camperas, latas de cerveza, bolsas, papeles y millones de cosas. Abro la ventanilla, el aire fresco y las gotitas de lluvia me refrescan la cara. Armando es como una radio que transmite novedades de otro mundo. El paisaje es maravilloso.

martes, 13 de septiembre de 2022

Nos acercamos a la costa en el bote, a remo. Llovizna y es temprano. Tenemos planes de ir hasta el centro para abastecernos y comprar algunas cosas para el barco: una alfombra para el cockpit, un copo, algunos señuelos, plomadas y anzuelos, un repuesto para el motor. Cuando bajamos lo vemos a Enzo, el chico de Rosario. Charlamos un rato mientras miramos bajar del Maktub a un hombre corpulento, subirse al bote desinflado de Enzo y remar hasta donde estamos. Es Armando, el dueño del barco. 

Alto, nervioso. ¿Cincuenta, sesenta años? Fuma un cigarrillo atrás del otro. Habla de economía, de Argentina, de su empresa, del barco y las mil cosas que le hizo y le quedan por hacer. Por momentos parece Cortazar, solo que tiene el tabique desplazado hacia un lado. Quedamos en pasar por el barco por la tarde.

A la vuelta nos acercamos al Maktub con el bote bajo la llovizna. Embarcamos mientras Armando nos va contando sobre sus peripecias con el barco. Lo compró durante la pandemia con la idea de jubilarse y vivir algunos años a bordo recorriendo las más de trescientas islas que hay entre Paraty y Bahía. El Maktub ya dio dos vueltas al mundo, y quedó abandonado durante doce años. Cuando lo remolcaban hasta un astillero para rehacer el fondo se iban soltando las “cracas”, que afortunadamente fueron tapando los innumerables agujeros y manteniéndolo a flote. La madera de los lujosos muebles mojada por años de incontables goteras se encuentra en perfectas condiciones. En la popa, un sillón que abarca todo el ancho del barco y un ventanal por detrás. Una barra con dos taburetes giratorios amurados al piso, muebles vidriados con juegos de variadas copas. Pienso en nuestro bar para dos que abrimos y cerramos durante la pandemia mientras me alejo para recorrer los camarotes. 

Quedamos impresionados, el barco un encanto pero con tanto, tanto por hacer. Armando hablándonos desquiciado, prendiendo un cigarrillo con otro. Alegre y exaltado. En los pocos huecos que encuentra en su monólogo, Luis le hace algunos comentarios que lo ubican en relación a los equipos destartalados que van encontrando, incluido el malacate, antiguo y majestuoso. 

Cuando estamos bajando del velero Armando nos sigue hablando. Incluso cuando ya nos estamos alejando, remando bajo la lluvia, oímos sus últimos comentarios.

lunes, 12 de septiembre de 2022

Arribamos a Ensenada do Retiro

Vemos en el pronóstico que va a llover al menos durante una semana. Hace unos días, el chico que conocimos en Retiro le escribió a Luis para comentarle que el dueño del barco en el que está trabajando como mecánico le preguntó sobre alguien que conozca de equipos y electrónica, que necesita saber si los instrumentos que hay en el barco funcionan, si alguno se puede rescatar, si hay que comprar otros. Algo así como un trabajo de asesoramiento.

Como estamos cerca y tenemos que pasar la tormenta, y conocemos Retiro como un buen lugar para fondear, decidimos acercarnos y ver de qué se trata. También queremos conocer el barco. Un Vand de Tadt, ketch. Lo habíamos visto desde la costa, ventanas en la popa, cincuenta pies. 

Salimos de Bomfin y empieza a lloviznar. En minutos la niebla no nos deja ver a más de unos metros de distancia. Vamos a motor, rodeando la costa. Pasamos entre la costa y una islita chequeando constantemente la carta y la ecosonda porque no hay mucha profundidad. El segundo pase decidimos hacerlo por fuera, rodeando toda la islita próxima a la costa. En el agua sin olas vemos flotar ramas, troncos, hojas, cocos. Nos rodea un gris unísono, un paisaje melancólico. No llega a ser una hora de navegación. 

Llegamos. Llueve. En breve oscurece y decidimos no bajar. Desde el barco vemos la costa, los morros, las casas, cuatro veleros fondeados en la ensenada. Todo velado por una atmósfera nebulosa, como si estuviésemos flotando en una nube. 

viernes, 9 de septiembre de 2022

Arribamos a Sitio Forte, Tapera

Arribamos a Praia Longa

Desde el barco vemos el hermoso y pequeño lugar. Las pocas construcciones que hay dan a la playa, detrás se ve una vegetación tupida, en apariencia inaccesible. Desde el extremo izquierdo se ven una posada grande, otra más chica. Dos o tres casas apartadas entre sí. Una casa blanca antigua, de construcción más costosa, que resalta entre todo lo que la rodea. Una serie de techados con canoas, una iglesia blanca, pequeña, con dos ventanas chicas azules, cuadradas y una puerta al medio, también azul. Tiene un espacio cubierto a su derecha del que se desprende un muelle, el único del lugar, al que le siguen varios barcos pesqueros, coloridos y de muy variados tamaños y estados, algunos en reparación, otros con aspecto de abandonados, todos posados sobre la arena, uno al lado del otro. Finalmente un bar para turistas, cerrado, y otra casa al extremo izquierdo de la playa. Decidimos bajar y dejar el bote en esa parte. Se ven unas palmeras y un chico joven con una nena jugando a la pelota con las piernas sumergidas en el agua.

Llegamos, atamos el bote y caminamos por la arena. Hay tres hombres reunidos, sentados entre los barcos, conversando. En el espacio cubierto adosado a la iglesia, una mujer espera sentada en un banco. Más adelante, cuando llegamos a la casa blanca, pintoresca, descubrimos que tiene cuatro cámaras de seguridad, algo que resulta inexplicable y contrasta mucho con el lugar, que en general es bastante humilde. Más adelante, justo antes de llegar a las posadas, hay dos arroyos que desembocan en la costa. Son chicos pero dejan marcados dos surcos bastante profundos en la arena. Entre los arroyos hay un hombre de pelo y barba muy largos, parece haber sido un joven alemán que decidió quedarse en el lugar hace muchos años, lleva ropas avejentadas y habla solo, murmura mientras mira de muy cerca un celular. A unos metros otro hombre sentado en una silla al sol, a la puerta de su casa, lo mira. En una de las posadas otro hombre gordo brilla bajo el chorro de agua que sale de una especie de cascada improvisada, que adorna el logo del lugar. Más tarde lo vemos a bordo de un barco pesquero preparándose para zarpar. 

Volvemos caminando por la costa. La mujer que esperaba al lado de la iglesia ahora está reunida con varias mujeres más. Parecen estar organizando algo importante. Saludamos, nos saludas

Nos quedamos cerca de donde jugaban a la pelota. Ahora también hay una chica con un bebé y una nena que apenas sabe caminar. La joven pareja habla, se ríe. Están sentados en el agua, a la orilla de la playa. 

Con la caminata entramos en calor y decidimos refrescarnos antes de volver al barco. Nadamos, jugamos, el agua está tibia y no hay olas. Cuando salimos nos secamos al sol, comiendo algunas porciones de una torta improvisada que no resulta estar tan mal.

Arribamos a Lagoa Verde

Emprendemos la vuelta hacia una zona de Ilha Grande donde resguardarnos del viento sur que llega mañana, fuerte. Planeamos ir parando por lugares al parecer imperdibles. Así desembocamos en Lagoa Verde. Se trata de la unión entre un extremo de Ilha Grande y una islita pequeña. Entre una y otra, la formación de pequeñas lagunas de agua cálida, entre rocas y arena, y una increíble cantidad y variedad de peces.

Anclamos el barco y nos acercamos con el bote. El lugar realmente es increíble, hermoso. Hacemos snorkel, los chicos y yo nos quedamos donde todavía hacemos pie, Luis se sumerge entre las rocas, a lo lejos. Mientras disfrutamos de la fantástica experiencia, vamos viendo llegar las lanchas portadoras de paseantes. Todas llevan gran cantidad gente, salvavidas naranjas colgando de la parte interna de sus techos y racimos coloridos de flota-flotas brotando por todos lados. 

Después de estar sumergidos por un tiempo, decidimos sentarnos en unas piedras para secarnos al sol a la espera de Luis, que sigue buceando. Los chicos juegan en una de las cálidas piletitas naturales, entre los peces, mientras los miro con los pies en el agua. Desde ahí puedo ver también cómo van descendiendo los grupos de personas de cada lancha. Llevan celulares, cervezas, algunos copas con vinos, tragos. Caminan entre los peces, les tiran miguitas de pan y se sacan fotos. Ríen, la pasan genial. Mujeres de regios cuerpos, hombres musculosos, bronceados. Algunas parejas mayores, otras con niños. El paraíso, ahora un balneario. 

Volvemos a alejarnos con nuestras máscaras para despedirnos del maravilloso acuario y distingo entre los peses una etiqueta Heineken danzando con una sensualidad cautivadora, dejando ver sus curvas, su fragilidad, su magnífico porte.

martes, 6 de septiembre de 2022

Arribamos a Sitio Forte, Praia Ubatuinha

Por la mañana llegamos a una playa bonita, arena y algunas rocas gigantes salpicadas por pequeñísimas olas. Rocas redondas, escultóricas. Como la mayoría de las playas que vamos conociendo, entre cien y quinientos metros de extensión. Esta vez no hay un pueblo que llega hasta pocos metros del mar sino una hermosa pradera que recorreríamos encantados de no ser por el alambrado que nos lo impide. 

Dejamos el bote en uno de los extremos, junto a dos lanchas que hay amarradas. En una hay un hombre que limpia las bandas, acomoda los almohadones, se recuesta. La otra está vacía. En la orilla está la pareja que bajó su heladerita, reposeras, bolsos y juega a la paleta junto a su pequeño campamento bajo la sombra de un árbol bajo. Por otro lado, los paseantes. La pareja mayor no se aleja mucho de la lancha en la que vino, caminan un poco, se mojan los pies. En cambio, la chica que bajó con ellos, camina erguida con sus telas coloridas al viento, filmándose con su teléfono, que sostiene elegantemente con un extensor. Se aleja, nos esquiva, sigue por un sendero que viene desde otras playitas aledañas y va hacia otras más. 

Nosotros caminamos bajo el sol, los chicos corren, juegan. Pasamos cerca de una pareja que juega con una nena en la playa, casi en el otro extremo de donde dejamos el bote. Tienen muchos juguetes, la miran. Ella está sentada, él parado. Esperan.

Cuando llegamos al otro extremo Luis se zambulle, los chicos lo siguen y yo entro cuando ya están saliendo. Nos quedamos secándonos al sol. Cuando vamos volviendo, vemos a la pareja jugando a la pelota con la nena, esta vez están del otro lado del alambrado. 

Antes de volver al barco, trepamos a una de las piedras redondas y nos quedamos viendo el paisaje desde ahí. Está en el medio de la playa, y la mitad queda sumergida. Vemos desde ahí llegar varios yates, que se suman a los que ya habían llegado mientras paseábamos. En total son cinco, más uno que ya estaba, que es el más grande. Está habitado por una pareja bastante mayor, cuatro marineros y un capitán. Llevan uniforme, camisa blanca, bermudas azules. Se esmeran por no estar a la vista de los ancianos, que toman sol en la extensa y amoblada proa mientras beben vino en copas que brillan bajo el sol. 

Al atardecer, cuando estamos sentados en el cockpit disfrutando del paisaje y  pensando en las opciones para cenar, los vemos mirar un informativo en una descomunal pantalla mientras los marineros se preparan en silencio para partir. Desde uno de los otros yates nos llega la música festiva, inevitable, que invade el lugar. Una mujer baila sola, levantando los brazos, extasiada, brindando con el universo. Disfruta de su arrebato mientras el resto de los paseantes organiza los momentos intentando cierta armonía con su paylist. 

domingo, 4 de septiembre de 2022

Muy temprano nos acercamos en el bote a Praia Paquetá. Dos morros tupidos de intenso verde separados por una angostura que forma una playa a cada lado de una pequeña planicie. Sobre la planicie que une los morros algunas mesas y sillas de plástico dispersas entre unas pocas palmeras. Respaldada por uno de los morros, una casona rosada, precaria. En frente, respaldada por el otro morro, una construcción todavía más precaria con pocas mesas y una barra, también grande. A los costados las dos playas, arena y pequeñas olas de un lado, piedras y peces de colores del otro. Hermosas.

Poco antes del mediodía descienden de los morros algunas personas del lugar. Traen sus cosas en bolsas de nylon y se sientan en las sillas que están más cerca del bar. Esperan. 

Se acerca una lancha con dos hombres y una mujer. Fondean casi en medio de la playa, a metros de la arena. Baja la pareja y el que queda se echa a dormir. La pareja se sienta en un tronco que hay en la playa y mira hacia la ensenada. Se quedan sentados justo en frente de la lancha y sin moverse del lugar hacen videos de lo que los rodea. Una excursión inolvidable.

Llega un barquito de paseo pintoresco, prolijo. Antiguo pesquero adaptado a las necesidades del paseante. Pequeño bar en la popa, sillas, sombra. Un hombre entrado en kilos y años tira lustrosas anclas al agua entre risas y comentarios, lleva puesta una remera blanca y una gorra de capitán. A bordo, una familia que sonríe al capitán y a las cámaras de los teléfonos. Charlan, comen, beben. No bajan.

Después, algunos cruceros, dos yates. Van llegando, fondean, pero nadie baja de las embarcaciones. 

Finalmente, una escuna. Desde la playa la oímos venir antes de verla. Mucho antes. Música festiva que prepara el entorno para su aparatosa entrada. Un enorme barco pirata, negro, con dos calaveras pintadas en la proa, fondea en medio de la ensenada. Por momentos se escucha a una mujer animar la fiesta añadiendo comentarios y pequeños grititos jocosos a la música festiva. Los isleños miran sin entusiasmo el espectáculo desde sus sillas, cada uno bajo la escasa sombra de una palmera. En el barco bailan, beben, gritan. Copas de colores, una barra central, un dj para al menos siete personas.

Decidimos volver al barco. En el camino vemos enormes estrellas de mar y una tortuga. El fondo es tan cristalino, profundo y, seguramente, silencioso. 

sábado, 3 de septiembre de 2022

viernes, 2 de septiembre de 2022

Los días en Ilha Bella significaron un mes menos de vida. De esta vida. Días sin la obligación de negociar nuestro tiempo. Sin embargo, no tenemos momentos libres. Las horas pasan llenas de las tareas cotidianas que implican el no disponer de nada ni de nadie que se encargue por nosotros. 

miércoles, 31 de agosto de 2022

Seguimos en Ensenada do Retiro, fondeamos hace dos días para dejar pasar un frente frío. Al abrigo de este extraño lugar, por momentos hermoso, por momentos fatal. La gente y sus inauditas formas de hacerse notar.

lunes, 29 de agosto de 2022

Por la tarde, pese a la llovizna bajamos a caminar, comprar hielo y deshacernos de la basura. Vemos en la costa un bote como el nuestro, de los únicos que se consiguen en Argentina. Está desinflado, amuchado junto a una canoa desvencijada y un cayac antiguo. Pero como normalmente suele haber zonas para amarrar los botes en las playas, decidimos atarlo cerca. En ese momento vemos salir a un hombre entrado en músculos de la casa donde están amarrados los botes. Saludamos y pedimos permiso. 

—No hay problema —nos dice, sonriendo y acercándose.

Nos cuenta que durante la pandemia decidieron irse de Rosario. Salieron en auto. Cuando llegaron a Saco do Retiro decidieron quedarse unos días y terminaron instalándose por unos años. Hasta ahora no pensaron en volver y de a poco sus familiares van poblando el lugar. Minutos después se acerca una mujer y nos habla de que cuando llegó inscribió a sus hijas en la escuela y se adaptaron rápidamente, que las escuelas estatales cubren útiles y libros, uniforme, desayuno y almuerzo, traslado. También nos contó que, al morir el marido de su cuñada, pudo tramitar rápidamente una pensión, bonos alimenticios para ella y su hija, pases para trasladarse y atención médica. 

Hablamos bajo la lluvia y nos invitan a seguir charlando dentro de la casa, pero queremos abastecernos antes de que oscurezca. Entonces nos proponen pasar por el patio desde la playa hacia la única calle que atraviesa el pueblo, por la que va y viene el colectivo que nos lleva al centro. Cuando estamos cerrando el portón una mujer con silicona en el busto y en la cola, labios engordados hasta perder la capacidad de expresión, edad imposible de definir, quiere entrar. Soy la cuñada, nos dice. La vemos sonreír sin saber si es un gesto constante o algo intencional.

domingo, 28 de agosto de 2022

Arribamos a Saco do Retiro

Me pego a los días intentando no hacer nada. Comer, dormir. Alcohol. Los chicos. Días enteros de resaca, elemento dominante, indispensable en este proceso de sobrellevar el vacío.

Zarpamos de Ilha da Gipoia rumbo a Saco do Retiro

sábado, 27 de agosto de 2022

Zarpamos rumbo a Ilha da Gipoia

Finalmente, el piloto automático funciona perfectamente. Imposible dimensionar lo que esto significa

Arribamos a Ilha da Gipoia

Hace varios días llamé a Marian. Hablamos de su libro y de mi imposibilidad de hacer cualquier cosa que no sea respirar y masticar las horas sin hacer nada más que lo necesario para pasar al día siguiente. Le conté de este diario y lo quiso leer. No se lo mandé y dejé de escribir. 

lunes, 22 de agosto de 2022

Arribamos a Angra dos Reis

Zarpamos rumbo a Angra dos Reis

La pieza no tiene arreglo, hay que rehacerla. Va a estar recién para el viernes. Mientras esperamos me voy  con los chicos y Luis arregla finalmente el piloto automático después de tres meses de reiterados intentos y pruebas.

Luis me cuenta que habló con los del Kira Kira. Estamos viendo si, después de arreglar el motor, bajamos hasta Paraty. Pensábamos volver antes, es un lugar hermoso para recorrer. Nos dicen que ya están bajando, que llegaron a Ubatuba, que en breve se encuentran con los del Anna II para seguir juntos hacia Buenos Aires. No llegamos a despedirnos. 

sábado, 20 de agosto de 2022

Arribamos a Praia do Dentista

Después de almorzar nos reunimos en la playa con los del Anna II. Encontramos un sendero por el que avanzamos. Fue construido hace bastante tiempo con piedras, adoquines muy grandes trazando el rumbo para dos neumáticos. Subimos. Ellos van adelante con las nenas y Toto, son muy altos y delgados. Caminan rápido. Yo me voy retrasando con Nico, que habla y saca conclusiones de porqué están esas piedras ahí. 

El camino sube, más tarde comienza a bajar. Después de unos minutos llegamos a un lugar abandonado. Todos siguen rumbo a la playa y nosotros, Luis, Nico y yo, recorremos el camino que nos lleva hacia las construcciones en ruinas. Hay un muelle con una virgen adherida a una gran roca. Es grande y está de cara al mar. En el muelle, debajo de un techo muy alto, hay un jeep abandonado. Tiene las cuatro ruedas desinfladas y los vidrios rotos. Parece haber estado ahí por mucho tiempo. 

A la vuelta nos preguntamos qué habrá sido ese lugar, ese camino que lleva desde una playa a la otra por senderos encorvados. Una construcción difícil, costosa. Nico sigue sacando conclusiones, habla de una guerra. Levanta un palito, lo huele y dice “ves, tiene olor a traje de soldado”.

Por la noche cenamos en el Vito, tomamos unos licores de cachaça que compramos en Paraty y no precisan hielo. El que más nos gusta se llama Gabriela. Los chicos adentro juegan con las nenas, se divierten hasta que se van quedando dormidos.

Zarpamos de Sitio Forte rumbo a Praia do Dentista

Los del Anna II comenzarán a bajar hacia Buenos Aires, convenimos en pasar juntos un día en Praia do Dentista. Nuestra despedida, ellos seguirán hacia el sur, nosotros hacia el norte.

viernes, 19 de agosto de 2022

Días de encierro, lluvia y viento. Se rompe el inodoro, el mecanismo eléctrico. Horas de trabajo. Gracias a esto descubrimos agua en la sentina, es mucha y es salada. Una pieza del motor está pinchada y sale un chorrito hacia arriba como si se tratase de una pequeña regadera. Improvisamos una solución con un pegamento que Gabi y Gardelón nos habían sugerido llevar a bordo. Vamos a tener que volver a Angra dos Reis para soldar o rehacer la pieza. 

miércoles, 17 de agosto de 2022

Arribamos a Praia do Dentista

Nos comunicamos por radio con los del Anna II, nos dicen que en Sitio Forte es reparado y hay boyas disponibles. Allá vamos. 

Zarpamos de Angra dos Reis rumbo a Praia do Dentista

Arribamos a Angra dos Reis

Nos acercamos a Angra para hacer algunos trámites en relación a nuestra estadía en el país. Fondeamos al lado del shoping Pirata y en la amarra nos cruzamos con los del Anna II y los del Barco Amarillo, a quienes no conocemos todavía. Pero estamos todos apurados, capitanía cierra en pocos minutos y ellos tienen solo dos horas de amarra. Quedamos en hablar para ver dónde vamos a esperar el inminente viento sur.

Corremos hasta la puerta del shoping, tomamos un taxi y llegamos tarde por minutos. Vuelven a abrir en un par de horas. Comemos, recorremos los paseos del puerto y sus  cercanías, Luis se compra un enorme sombrero de paja. Los trámites requieren de un ir y venir entre fotocopias, documentos y papeles bajo el sol. Volvemos al barco cansados pero con la sensación de habernos sacado un peso de encima. 

Arribamos a Angra dos Reis

Zarpamos de Saco do Ceu rumbo a Angra dos Reis

martes, 16 de agosto de 2022

Arribamos a Saco do Ceu

Llegamos expectantes y escoltados de una lancha que va y viene por la pequeña bahía tirando de un hombre que hace esquí acuático. Una y otra vez el hombre se cae y el sonido del motor rebota en los morros. Es como una olla con dos playas largas y soleadas y una más pequeña con zonas de sombra, arena y rocas. Decidimos fondear cerca y bajar antes de almorzar. Llevamos todo para hacer snorkel. Cuando bajamos, un perro enorme, negro y afortunadamente atado nos ladra desde una pequeña y deshabitada casita para turistas. Tironea de la cadena hasta afectar sus ladridos y se le cae una baba furiosa. El espectáculo nos convence de volver al barco.

Hace calor. Mucho calor. Las otras dos playas no tienen sombra, son rectas y parecen secas. El ruido del motor sigue rebotando por todos lados. Decidimos irnos y, cuando nos ponemos en marcha, notamos que el timón está trabado, hay que hacer una fuerza exagerada para moverlo apenas un poco. Fondeamos a unos metros de donde estábamos y se nos va el día entero en intentar descubrir qué tiene y en repararlo. Cada tanto nos zambullimos desde el barco para refrescarnos, los chicos flotan en sus salvavidas y nos miran desde el agua. 

Finalmente el timón funciona. Pasamos la noche en Saco do Ceu escuchando el interminable sonido de un generador, probablemente el que mantiene encendidas las luces del pequeño lugar. 

Zarpamos rumbo a Saco do Ceu

Antes de zarpar repartimos los mensajes y bidones de los del Patoruzú. Nos contaron que Saco do Ceu es el paraíso y queremos salir temprano, así que vamos de una corrida en el bote hacia el súper adonde abastecernos para varios días. En el camino nos quedamos sin combustible y tenemos que remar hasta la costa. A la vuelta, otra vez atravesar toda la ensenada a remo porque solo venden a partir de diez litros y no tenemos ningún bidón. 

lunes, 15 de agosto de 2022

Arribamos a Abraao

Impresiones del viaje:

  • La insistencia del hombre haciendo esquí acuático en Saco du Ceu. El sonido del motor abarcándolo todo.
  • Los chicos caminando por el sendero hacia López Méndez, los saltos de alegría cuando se escucha y se ve aparecer el mar entre las ramas de los árboles.
  • Los del Anna II haciendo fuego en su kamado grill amurado a una de las bandas del cockpit. 
  • La sensación de que avanzamos con la escuelita coincidiendo con que ya no está funcionando.
  • Los días sin señal de teléfono transformándose en una constante con la que no resulta difícil convivir.

Zarpamos de Praia do Pouso rumbo a Abraao

Nos despertamos muy temprano y aprovechamos para ir a López Méndez y volver al mediodía. Queremos llegar antes de que oscurezca a Abraao.

Esta vez el camino nos parece más corto y la playa más grande. Está deshabitada. Los que atienden los tres puestitos de bebidas rastrillean los alrededores llevando ramitas y hojas desde la orilla hacia donde empieza la vegetación. 

Es una playa realmente extensa, con olas grandes. La única de esas características hasta ahora. Caminamos y nos bañamos en el mar. Disfrutamos del sol, del paisaje. Jugamos con las olas, con la arena, corremos y volvemos a zambullirnos. A media mañana podemos ver cómo llegan los guardavidas. Tres hombres bronceados, ejercitados. Se instalan en su casita y salen a trotar por la orilla. Poco después comienza a salir gente del sendero como si se tratara de un hormiguero. Se dispersan por la playa. Nosotros quedamos justo a un lado de la casita de los guardavidas, que volvieron y están entrenando. Saltan, hacen flexiones de brazos, abdominales, bicicleta. Transpiran y la arena se les va pegando. Una señora mayor los filma encantada. Cuando ya están totalmente sudados y cubiertos de arena se acercan al trotecito a la orilla del mar y sortean las olas brincando con elasticidad. La señora los sigue filmando hasta que los pierde de vista y, sin parar de filmar, incluye en su video a un hombre mayor, corpulento, con un brazo chiquito, que sale del mar, se le va acercando trabajosamente y se desploma a su lado, empapado y contento. 

Al mediodía volvemos al barco. Almorzamos y preparamos todo para irnos. Estamos listos. Nos comunicamos con los del Patoruzú para despedirnos y preguntarles si precisan algo, y como están sin motor y usan uno fuera de borda que la mayor parte del tiempo queda fuera del agua les ofrecemos remolcarlos hasta la salida de la ensenada, donde puede que al menos haya un poco de viento. Nos dicen que van a ir un rato a López Méndez, a ella le encanta surfear, pero que en unas horitas ya están de vuelta. Los esperamos. Ya está oscureciendo cuando vuelven, y nos cuentan que decidieron salir al otro día. Zarpamos de noche. Nos llevamos sus bidones de combustible y algunos mensajes porque acá, como en casi todos lados, no hay señal. 

domingo, 14 de agosto de 2022

Arribamos a Praia do Pouso y Praia López Méndez

Llegamos. Esta vez es de día. Fondeamos entre dos veleros, uno es el Patoruzú. Los saludamos y nos proponen hablar por radio. Ahí nos comentan que del otro lado, cruzando por un sendero, media hora caminando, hay una playa increíble para hacer surf, López Méndez. Les pedimos que nos miren el barco porque hay bastante viento y nos dicen que van a estar ahí, así que nos preparamos y salimos hacia la aventura. 

Es una playa extensa, llena de gente. Del otro lado, en Praia do Pouso donde estamos fondeados, los esperan una infinidad de lanchas y escunas. 

A la vuelta, un grupo de gente les da de comer a un grupo de monitos. Son casi del tamaño de un puño. Sacan fotos, se ríen, les vuelven a dar de comer y se van. Nosotros nos quedamos para verlos más de cerca. A uno de los monitos se les cae un trozo de pan y se lo vuelvo a alcanzar. Para nuestra sorpresa no solo agarra el pan sino que sostiene uno de mis dedos entre sus minúsculas manitos unos segundos. Toto intenta hacer lo mismo con restos de galletitas que quedaron desparramados por el suelo y vuelve a pasar, pero se asusta y asusta al monito, que se aleja y nos mira desde las ramas donde están los demás. Volvemos contentos, bajando por entre las raíces y piedras del sendero escuchando a los chicos que nos cuentan sus impresiones.

Zarpamos de Abraao rumbo a Praia do Pouso y López Méndez

viernes, 12 de agosto de 2022

Al mediodía se acerca un bote. Son los del Ana II y sus dos hijas. Nos habían hablado de ellos los del Kira Kira. Somos las familias que salimos desde Buenos Aires a navegar más o menos en las mismas fechas por los mismos lugares. Algo al parecer no tan común. 

Nos invitan a pasar por su barco, están en una boya cerca de la costa. Hablamos unos minutos y se ofrecen a ver el piloto automático. Hacemos pruebas mientras las chicas y los chicos se van conociendo. 

A la tarde nos acercamos al Anna II, están comiendo con otro argentino que vive hace 14 años en Abraao. Es skipper y alquila boyas en el lugar. Nos dice que lo que hicimos hasta ahora deberíamos haberlo hecho en compañía de un profesional, que si llegamos hasta acá es pura casualidad y que no siempre vamos a tener tanta suerte. Que el paso del Cabo Santa Marta había sido un riesgo y que no teníamos que hacer lo mismo con el que nos espera, Cabo Frío, justo después de Río de Janeiro. Un hombre de nuestra edad, fornido, con anteojos de sol, sentado en el centro del cockpit queriendo llamar la atención con comentarios desalentadores y autoritarios.

Un rato más tarde se acercan en una tabla de stand-up un hombre remando de pie transportando a una chica en bikini, que va arrodillada. Los del Patoruzú, también argentinos. Suben un ratito. Él es skipper. Ella es la hija de Tito, la misma sonrisa. Nos cuentan que están saliendo para López Méndez, y que de ahí siguen rumbo a Buenos Aires, que no tienen motor y que esperan poder llegar pronto. 

Los chicos juegan adentro del barco, nosotros bebemos afuera bajo las estrellas mientras los del Anna II preparan algo en su inaudito kamado grill.

jueves, 11 de agosto de 2022

Arribamos a Angra dos Reis, Ilha Grande, Ensenada da Abraao

Otra vez llegamos sin luz. Fondear de noche no es una tarea fácil, ni es lo más recomendable. Sobre todo si no se conoce el lugar, que es siempre nuestro caso. Pero acá estamos,  una vez más. 

Entramos a la ensenada pudiendo ver desde lejos los palos de los veleros fondeados hacia la izquierda de la costa durante los últimos minutos de luz. En la carta descubrimos que es bastante profundo, pero del otro lado es muy bajo y sería muy riesgoso fondear. Ahí solo hay lanchas. 

Decidimos avanzar lentamente y tratar de distinguir una zona conveniente. El lugar está muy poblado de embarcaciones y no nos queda otra alternativa que tirar el ancla en más de diez metros de profundidad. Tomamos como referencia un velerito y, cuando terminamos la maniobra, rota el viento. Esperamos un momento y notamos que el barco garrea. Cuando finalmente se afianza, estamos a medio metro del barquito. Levantamos toda la cadena y volvemos a empezar. Esta vez quedamos lejos de todo, pero preferimos descansar y decidir mañana qué hacer.

Zarpamos de Paraty rumbo a Angra dos Reis

domingo, 7 de agosto de 2022

Pasa la tormenta y bajamos a la playa. Caminamos un poco mientras los chicos juegan. El ancla pequeña en la arena sosteniendo al bote a la distancia justa como para que los chicos puedan subir y bajar, remar, volver a subir y bajar, nadar. Son marineros. Rescatan un barco. Van y vienen sunamis. Escapan, nadan. Vuelven a subir. Nosotros nos turnamos para recorrer parte de un sendero mientras ellos siguen navegando. Ahora son rescatistas.

Más tarde se acercan un hombre en zunga y una mujer en un bote. Tito, argentino, sesenta años, pelo largo, bronceado, sonrisa enorme. Ella, una mulata hermosa, de mi edad, de Angra dos Reis. Tito nos habla en español y ella no entiende, prefiere caminar por la playa y con una sonrisa se aleja. 

Tito nos cuenta que vive hace años en Praia do Vagabundo, que ella es una de sus novias, pero que le gusta ser libre. Mientras nos habla arregla un pequeño hobie-tandem con una herramienta oxidada que de vez en cuando funciona. Tiene tiempo. Está contento, relajado. Nos cuenta sobre sus novias. Nos habla de su hija. Profesora de inglés, dejó todo para dedicarse a hacer charters. Con su barco, con él a bordo, hicieron una prueba y estuvo bien. Ahora está haciendo un pequeño viaje con un skipper para ver cómo le va, si funciona. Nos da indicaciones de dónde se come bien en Paraty, en Abraao y en otros lugares. Se despide con alegría, proponiéndonos hacer un asadito en la playa alguno de estos días. 


sábado, 6 de agosto de 2022

Día lluvioso. Hacia la tarde parece no estar tan mal y decidimos bajar a conocer el lugar, del que leímos bastante. Después de caminar bajo la llovizna con nuestras capas y trajes de goma vamos a una función de teatro gestual de muñecos para niños. Una pareja con sus dos nietos, otra con sus dos hijos y nosotros cuatro. El teatro casi vacío, la función muy bonita. 

A la salida, el matrimonio mayor y nosotros charlamos un poco en la puerta antes de salir. Sigue lloviznando y no terminamos de decidirnos a salir del lugar. Él, un hombre delgado, alto, pelado, con anteojos redondos, sombrero, parece Foucault. Ella, una señora encantadora, muy arreglada. Me habla y pienso en Códega. Parece imposible pero el conjunto resulta estupendo.

Vinieron a pasar el fin de semana con sus nietos a su casa en Paraty, a pasos del teatro, en medio del casco histórico. Nos cuentan que la ciudad fue ideada y construida durante el siglo XVIII de tal manera que, en cada marea de luna llena, el agua sube lo suficiente para inundar las calles y limpiarlas una vez al mes. Cuando nos estamos yendo, podemos ver cómo el agua creció y llega exactamente hasta el borde de los robustos cordones de piedra, dejando las pequeñas veredas disponibles para transitar.


viernes, 5 de agosto de 2022

Por la mañana nos apuramos para bajar del barco en busca de provisiones. Con el bote pasamos al lado de un largo muelle repleto de escunas de diferentes tamaños y colores, amarradas a la espera del verano y los turistas, buscando dónde atarlo para poder bajar. Finalmente lo subimos a una pequeña playita a orillas de la ciudad donde nos informan que es tranquilo. 

Tenemos dos horas para atravesar el casco histórico, encontrar la calle principal y recorrerla hasta alguno de los supermercados grandes, que están lejos de la costa. En el camino desistimos, transitar las calles empedradas del casco histórico con los chicos nos lleva más tiempo del que esperábamos y queremos llegar a anclarnos en Praia do Vagabundo antes de que sople el viento. 

Cuando estamos saliendo de un pequeño mercado cercano a la costa, con nuestros pasteles en las manos, sentimos cómo cambia la temperatura abruptamente, intentando sostener cierto ritmo entre los adoquines, los chicos, las provisiones. Minutos después, el bote avanza entre olitas que nos mojan el almuerzo y reducen la velocidad. 

Finalmente fondeamos con viento entre varios veleros, la mayoría habitados y con las cubiertas repletas de cosas producto de la vida a bordo. Un pescador parado en su bote como si se tratase de una tabla de surf pasa recogiendo una red entre los barcos. Lo vemos alejarse.

Esperamos. El viento sopla. Luis en la proa vigila que el barco no garree. Está anunciado un temporal, algunos tiran dos anclas, nosotros dejamos preparada una segunda sobre la cubierta pero preferimos esperar. 

Por la tarde el viento baja y Luis ve al pescador que vuelve hacia la costa, decide interceptarlo y saber si tiene pescados que vender. A la vuelta lo acompaña un hombre en otro bote y nos invita a la playa a procesar los pescados que él y Luis consiguieron. Sergio, del Frankenstein. 

En la playa él y Luis charlan y trabajan sobre nuestras cenas, los chicos y yo recorremos el lugar y jugamos con unas paletas que Sergio nos presta. Más tarde, cuando nos estamos alejando con el bote, lo vemos en la playa jugando a la paleta con alguien de otro barco. 


jueves, 4 de agosto de 2022

Arribamos a Paraty

Una vez más llegamos de noche. Entre la carta, el mapa satelital y las indicaciones de los del Kira Kira nos vamos formando una idea de donde estamos. Decidimos fondear en frente del casco histórico con la intención de bajar temprano por la mañana y aprovisionarnos, subir al barco e ir hacia Praia do Vagabundo, una zona más reparada a un lado de la ciudad según el del Frankestein. Amigo de Rogerio. Lo conocimos en Biguaçú y nos recomendó pasar por Praia do Vagabundo, un fondeadero muy bueno, con agua, ducha, playa, poca profundidad, cómodo, reparado, cerca de lugares donde aprovisionarse, donde recrearse, cerca de Angra do Reis y toda la maravilla que la rodea.

Zarpamos de Ilha da Cutia rumbo a Paraty

Al mediodía nos abarloamos al Kira Kira. Los chicos van y vienen de un barco a otro. Esta vez preparamos un almuerzo en el Vito. Nos dividimos en grupos, primero los chicos disfrutan en la mesita del cockpit de una comida bastante típica del lugar (carne acebollada, ensalada, arroz y feijón), después nosotros picamos algo y continuamos con las rondas de caipirinhas hasta que ya no nos queda más cachaça ni hielo. 

Nos cuentan que es el cumpleaños de una tía, que para saludarla van en busca de señal a unas millas de distancia. Decidimos acompañarlos y ver de conectarnos un ratito, hace días que no damos señales de vida.

Aprovechamos a chequear el pronóstico y, como estamos a mitad de camino, seguimos hasta Paraty, donde planeamos abastecernos y ver de pasar una tormenta que se avecina. Ellos vuelven a Ilha da Cutia, donde no hay señal. Quedamos en una hora y un canal VHF para ver si nos volvemos a encontrar después de la tormenta o más adelante.

miércoles, 3 de agosto de 2022

Arribamos a Ilha da Cutia

Fondeamos a la orilla de la Ilha da Cutia. Los chicos del Kira Kira se nos acercan. Primero viene en kayak el más chico a buscar a Toto, son de la misma edad. Planean ir hasta la playa que vemos a pocos metros. Después, uno de los mellizos de 11 años, viene en bote a buscar a Nico. El otro nene y los papás van nadando hasta la playa. Luis se suma zambulléndose con presteza y yo me quedo preparando las cosas que van a usar para hacer snorkel. 

Decido ir remando hasta la costa. Llego, ato el bote al lado del de ellos y me zambullo. Nado entre los pecesitos mirando las nubes, las palmeras. Estoy sola.

Recorro la playa y veo el caminito del que nos hablaron Gabi y Gardelón, que conecta un lado de la isla con el otro, donde hay rocas y se forman pequeños acuarios naturales. Recorro con tranquilidad el sendero bajo la sombra de los árboles, escuchando jugar a los chicos del otro lado. 

Pasamos el resto de la tarde al sol charlando, caminando, nadando, contentos de ver a los chicos divertirse. Por la noche nos juntamos todos en el Kira Kira. Los chicos adentro, jugando. Nosotros afuera con nuestras caipirinhas.

Zarpamos de Saco da Mamanguá rumbo a Ilha da Cutia

Probamos otra manera de instalar la carpa que nos protege del agua y el sol cuando estamos fondeados o amarrados a algún muelle. Al colocar las alas atadas a la parte más alta del Lazy Jack, nos queda lugar para habitar la cubierta. En la proa anudamos una de las hamacas paraguaya, en la carroza la otra, de manera que queda una afuera y otra adentro del barco. Hacemos del cockpit un bonito ambiente instalando sobre la caña del timón, que en este barco es robusta, una tabla que colocamos y sacamos según amerite. Resulta ser una cómoda mesa a la que nos sentamos para disfrutar de un exquisito almuerzo a la sombra con vistas al Saco de Mamanguá.

En medio del almuerzo Luis ve un puntito a lo lejos y duda, ¿serán los del Kira Kira? Intercambiamos algunos mensajes y probablemente el miércoles, hoy, estarían por la zona equipados con cachaça, encargo que les hicimos encarecidamente cuando nos preguntaron si nos hacía falta algo. Prendemos la radio en el canal 16, esperando encontrarlos conectados. Hace días que estamos sin señan. 

Mientras comemos vemos avanzar hacia nosotros al que ahora toma forma de velero. Unos minutos más y logramos ver cómo nos saludan desde la cubierta, los chicos emocionados saltan y agitan los brazos. Llegaron sus amigos del mar.

Ellos fondean y se preparan para bajar, nosotros los esperamos expectantes con todos los elementos para hacer caipirinhas. Traen cachaça y hielo en cantidad. Vamos conociéndonos. 

Después de charlar un rato mientras los chicos juegan y corren por la cubierta, decidimos mudarnos a la vuelta de la isla, un lugar hermoso del que Gabi y Gardelón nos hablaron y ahora los del Kira Kira nos vuelven a mencionar. Ilha da Cutia. Sin desarmar el campamento, incluso con el bote atado a la popa, partimos rumbo a ese paraíso que nos queda a una hora de distancia. 


lunes, 1 de agosto de 2022

Arribamos a Saco do Mamanguá

Recorremos sin apuro el fiordo tropical. Vamos viendo de un lado y otro algunas playas esporádicas que aparecen entre la vegetación, sobre las que surgen alguna casa entre las palmeras y, por momento, hasta llegan a formarse pequeñas aldeas. 

Fondeamos en una de las últimas playas donde hay dos casitas y un barco pesquero chico. Parece un lugar abandonado. 

Después de almorzar bajamos a recorrer el lugar. Una playa larga, grande. En la arena pueden verse las marcas de un rastrillo. Las casitas son viejas, tienen las marcas que fue dejando el mar en cada crecida. Están cerradas. El barco pesquero está fondeado a pocos metros con los tambuchos y la puerta abiertas. Hay palmeras con cocos, bananeros y un árbol con frutos grandes, verdes, brillantes, verrugosos. 

Más tarde, desde el barco vemos llegar una lancha con dos hombres, uno baja y busca algo en una de las casas. Se van. Después llega otro barco de paseos con un hombre. Deja su barco al lado del pesquero, se pasa de uno al otro con un pequeño bote. Después de un tiempo se va. 

Con Toto decidimos volver a jugar con la arena en la playa, Luis y Nico nos saludan desde el Vito. 

Desde la orilla se escucha el viento en las hojas de las  palmearas, de vez en cuando alguna rama que se quiebra. El sonido de olas muy pequeñas rompen con suavidad y ritmo sostenido. Construimos un pueblo de arena con los baldecitos en medio de la playa. Corremos hasta la orilla buscando agua, jugamos. Hablamos un poco más fuerte de lo que sería necesario, hay una atmósfera extraña. Está por atardecer y la luz forma sombras en la vegetación, que se mueve por el viento. Cuando nos vamos, desde el bote vemos cómo las pequeñas olas van llenando de agua las calles de nuestro pueblito de arena. 


Zarpamos de Paraty Mirim rumbo a Saco do Mamanguá

sábado, 30 de julio de 2022

Ayer llegamos a Paraty Minim. Un lugar hermoso, morros verdes que emergen del agua cristalina. Islas. Palmeras. Algunas casas soberbias al borde de la bahía y una callecita de tierra que desemboca en la costa, sobre la que vamos viendo edificaciones en proceso entre otras más antiguas. Una zona de tránsito, materiales baratos, improvisaciones arquitectónicas destinadas a futuros turistas. No es una hamaca el sonido siniestro, es el puente entre el muelle fijo y el flotante. 

Al final del muelle, un grupo de personas mira a tres hombres cargar sus valijas sobre la cabeza. Malabares imposibles que hacen para subir las pintorescas y empinadas escaleritas de piedra que dan acceso a las majestuosas y escasas casas de veraneo. 

Por la noche escribo. De un lado, la olla a presión meciéndose en la cocina cardánica. Del otro, Toto mira historietas, Nico juega a mis pies y Luis, a un metro, toca la trompeta. El barco por momentos es reducido, pero lo suficientemente grande para que cada uno pueda desplegar sus fantasías. Nos lleva. 

viernes, 29 de julio de 2022

Arribamos a Paraty Mirim

Llegamos. Fondeamos. Es de noche. Tomamos de referencia un barquito, el único que vemos, y el ancla no se fija al fondo haciéndonos quedar muy cerca. Hay mucho  viento, cambia. Los barcos rotan, giran al rededor de sus anclas. Estamos demasiado cerca y decidimos fondear más lejos. Avanzamos unos metros y nos varamos. Se escucha el ruido del viento fuerte y un cartel chirriar, ¿o una puerta? ¿Una hamaca? El lugar, de noche, es tétrico. Twin Peaks. Marcha atrás. Sacamos el barco. Volvemos a hacer la maniobra para fondear, esta vez detrás del velerito. Tiramos el ancla y cuando se fija notamos que quedamos lejos del barquito pero y cerca de la costa. ¿Cien metros? Decidimos quedarnos ahí, cuarenta metros de cadena, siete de profundidad. Los chicos duermen. Descansamos unos minutos en el cockpit antes de entrar al barco, desde donde podemos ver que se apagan a la vez todas las luces de las pocas casas que hay. Preferimos no hacer comentarios.

Zarpamos de Saco da Riveira a Paraty Mirim

jueves, 28 de julio de 2022

Una sombrilla. Ella sonríe bajo la sombra con sus labios bermellón. Visera y bikini improvisa poses por segundo ante su celular. Lo sostiene como si fuera un espejo. Del otro lado del palo de la sombrilla, él mira su teléfono entreabriendo los ojos por el sol en un gesto de preocupación, abraza sus rodillas sentado, encorvado. Una nena le lava el pelo a su muñeca en un baldecito con agua de mar. Más lejos, un grupo de chicos patea una pelota desde la arena. El arquero está en el agua, se zambulle cada vez que tiene que atajar. Una lancha tironea de un sillón rojo inflable con algunas personas encima que saltan y gritan exitadas. 

martes, 26 de julio de 2022

Con la llegada a Ilhabela comenzamos una nueva etapa del viaje. Fueron días de trabajo y veraneo. En cambio, la llegada a Ilha Anchieta nos trajo la sensación de estar empezando a habitar una nueva forma de vida. Pequeñas rutinas domésticas marcan el comienzo del día y un cierto vínculo con los hábitos del mundo, el resto lo dedicamos a excursionar. 

En la isla encontramos una pequeña playita con un chorro de agua dulce donde nos abastecemos y lavamos ropa. Al lado del pequeño chorrillo varias piedras grandes forman un acuario natural. Los chicos juegan a los exploradores. A algunos metros el barco, que se mece anclado bajo el sol. 

Por las noches se siente estar siendo mecido en una cuna gigante. Nos movemos de un lado a otro. ¿Habrá manera de volver? 

lunes, 25 de julio de 2022

Arribamos a Ilha Anchieta

El agua es cristalina, por momentos de color turquesa. Nos acercamos a la orilla en el bote. En Ilhabela Luis y los chicos se metieron varias veces al mar, pero el agua es todavía fría. Después de varios intentos me zambullo por primera vez de la mano de Nico. Jugamos los cuatro a barrenar pequeñas olas. Tienen frío, quieren salir. Me quedo un rato más y los veo desde el agua caminar por la playa. Van a ver a un grupo de carpinchos que descansan al sol. Del otro lado, el Vito anclado. Más lejos, del tamaño de unos puntitos, un grupo de gente que llegó temprano en una lancha y se está yendo. 

Zarpamos de Ilhabela rumbo a Ilha Anchieta

Un viaje corto, poco viento. Los chicos duermen gran parte del trayecto. El mar sin olas, varios pesqueros. Los vemos a lo lejos, por babor, con sus sombreros de aves revoloteando al sol. 

viernes, 22 de julio de 2022

Después de la escuelita por la mañana nos preparamos para ir a ver la largada. Cuando nos estamos alejando del Vito en el bote, un hombre entrado en cervezas desde su lancha nos grita que prefiere este explorador a todos los veleros de regata. 

Flotamos entre otros botes y lanchas por detrás de la balsa desde donde bajan las banderas. Sobre la balsa, dos hombres y una camioneta cuatro por cuatro que ocupa todo el lugar. Flotan y esperan. Esbeltos barcos de velas negras se amuchan detrás de una línea imaginaria. Luis emocionado, los chicos radiantes. Pasa un soberbio yate, enorme, negro, por delante de la balsa y se escuchan gritos y silbidos desde la orilla. Los hombres de la balsa haciendo señas con los brazos y soplando con sus silbatos. El yate interrumpiendo la largada, estorbando el paso de los veleros. Termina de pasar y hay un silencio expectante. Largan. Todos navegan hacia el lado de la costa, donde grandes grupos de gente mira y saluda. Las velas inclinadas por el viento, esquivando lanchas, botes y yates. Cuando se alejan lo suficiente larga una segunda categoría. Barcos clásicos de madera, solemnes, pesados. Después, una tercer categoría, el resto de los veleros, de distintos tipos, tamaños y tripulaciones.  

En el club, un panel con recortes de diarios donde se recuerdan las medallas obtenidas en diferentes años por el Yacht Club para esa regata. “Também é possível ter sorte com uma mulher a bordo”. 

jueves, 21 de julio de 2022

Impresiones del evento:

  • Las sonrisas casi de sorpresa de los abuelos de la náutica mirando desfilar a los deportistas, que lucen sus camisetas distintivas;
  • Las chicas con las que hablo en uno de mis ingresos furtivos, unas de las pocas mujeres del evento. Responsables de los stans de distintos sponsors. Me dicen que trabajar el día entero para ese evento exclusivo para hombres es un acto feminista;
  • Una canoa tradicional de madera ahuecada desbordante de hielo y cervezas;
  • Las charlas heróicas entre los grupos de regatistas. Exceso de tecnicismos, ausencia de mujeres;
  • La chica reconocida mundialmente por ser medalla olímpica. Sonríe. Agradece los saludos. Brilla;
  • Nosotros, una familia en un velero, ese velero, en medio de la Semana de la Vela. La desmitificación de la náutica.

Un día entero dedicado a palear la resaca. Por la noche, cenando en un barcito del centro. Una cerveza que nos sirve de antídoto. Para festejar nuestra recuperación nos vamos a una plaza llena de arena y juegos a orillas del mar. Luna, el sonido de las olas. Los chicos corren regatas con sus veleritos improvisados mientras nosotros flotamos en una atmósfera festiva.

miércoles, 20 de julio de 2022

Como estamos fondeados entre las bollas del Yacht Club de Ilhabela, tenemos un pase para poder dejar amarrado el bote en los muelles del Club, cuando bajamos a tierra. Entre el muelle donde dejamos el bote y la salida están las instalaciones del Club, las que podemos utilizar con el pase. 

Mientras nos tomamos un cóctel en el bar del Club miramos correr a los chicos en una isla de juegos. Detrás de esa isla, vallada durante la Semana de la Vela, está el salón de eventos donde acontece la reunión. Abuelos de la náutica sentados en sillones viendo desfilar delante suyo a los grupos de regatistas que largarán pasado mañana. Algunos les hablan con sus cervezas de auspicio en la mano, desde lo alto. Los abuelos sonríen. Sonríen interminablemente, rememorando viejos tiempos, contentos por el reconocimiento.

Del bar pasamos a sentarnos en unos canteritos que hay justo en frente del espacio de juegos. Estamos cerca de donde pasa la gente desde la zona del Club a la zona del evento. El vallado, después de que los de seguridad vuelven a acercar varias veces los pequeños obstáculos desplazados por las personas que van y vienen, finalmente queda corrido, permitiendo el paso. Para no interrumpir los juegos de los chicos, nos vamos turnando con Luis en nuestras visitas furtivas al evento. En cada vuelta una cerveza. Finalmente toda la familia participa del convite. Terminamos tan borrachos y contentos como gran parte de los invitados. 

martes, 19 de julio de 2022

Arribamos a Ilhabela

Un viaje realmente intenso. Toto muy descompuesto, sin poder comer ni tomar nada durante dos días interminables. Nos cuestionamos seguir o no navegando. Afortunadamente esta vez Nico está bien, juega solo, espera. 

Llegamos justo durante la Semana de la Vela, un evento que reúne cantidad de gente en el pueblo y numerosas lanchas y veleros en las zonas cercanas a los muelles. Algo semejante a un hormiguero, enero en alguna ciudad balnearia de Buenos Aires. 

sábado, 16 de julio de 2022

Estamos fondeados en la bahía de Itajaí al lado del velero oceanográfico de la universidad, donde los estudiantes se reúnen y festejan diariamente. Desde la cubierta podemos ver el puerto, los clubes náuticos, la costa. Una ciudad de veraneo. 

Nos acomodamos al entorno. Pasamos los días de bar en bar, plazas y helados. Por las noches, los chicos participan de subir y bajar por las rampas de skaters con sus monopatines entre otros chicos más grandes y veloces, que vuelan sobre los bordes del circuito esquivándolos felizmente. 

martes, 12 de julio de 2022

Arribamos a Itajaí

Zarpamos de Porto Belo rumbo a San Francisco do Sul

Tenemos en mente llegar cuanto antes a la zona de Angra dos Reis en busca del calor. Nos programamos para hacer un viaje en etapas, esta vez serían dos días. Cuando salimos de Porto Belo notamos que el viento que nos lleva viene acompañado de una marejada que nos recuerda lo mal que la pasaron los chicos durante el último viaje largo. Decidimos entonces entrar en el lugar más cercano y esperar una condición favorable. 

lunes, 11 de julio de 2022

Les contamos dónde estamos a Gabi y Gardelón. Nos dicen que cuando bajemos del velero podemos dejar el bote en lo de Joao, un hombre que cuida barcos fondeados o amarrados en boyas cerca de su muelle. Llegamos al muelle y nos recibe enorme, con su remera blanca ajustada, tranquilo y sonriente, trabajando sobre una red de pesca junto a otro hombre muy delgado y sin dientes. Nos dice que dejemos el bote sin problemas, que después hablamos. 

Nos vamos, caminamos por la costanera, paseamos, nos abastecemos, tomamos unas cervezas y los chicos un helado en un barcito viendo cómo oscurece.

Cuando volvemos al muelle, Joao nos invita a sentarnos. Entre el muelle y una cabina de barco que fue acondicionada y adosada convenientemente, hay una especie de living al aire libre. Tres sillones formando un triángulo sobre una tarima que calca esa forma, una alfombra náutica donde se lee “Cais Joao” y una mesita en el medio. Joao, embutido en su impecable remera blanca, secándose los pies y colocándose dos pares de medias, también blancas, nos hace preguntas, nos cuenta cosas. Un hombre muy simpático. “Ya dí la vuelta al mundo dos veces sin moverme de acá”, nos dice, señalando con la zapatilla que todavía tiene en la mano el centro de la alfombra. Conoce a los que pasan llendo y viniento y recoge información, la que brinda sin problemas a los que continúan viaje. Datos útiles sobre las cercanías.  

Nos despedimos muy contentos de haberlo conocido después de que nos muestra la cabina por dentro y nos señala el barco en donde vive, amarrado a unos metros de donde estamos. Cuando nos vamos nos regala una bolsa de pescados congelados que, al otro día durante el viaje, entran rápidamente en descomposición. 

viernes, 8 de julio de 2022

Ayer llegamos a Porto Belo. Al entrar en la bahía nos llaman por radio. Un hombre entusiasta, brasileño. Antonio Carlos hablándonos desde un velero reluciente nos invita a abarloarnos. Luis accede encantado, le gusta socializar. 

Antonio Carlos y Yiya, su hijo y la noria. Almorzando a las 17 hs. Nos invitan, pasamos al barco. Luis charla, yo intento ser cortés pero no me interesa mucho la situación. Me gusta más llegar sin tener que forzarme a hablar, sonreír, pero entiendo que él y los chicos disfruten del contacto con otras personas, otras cosas. Los más jóvenes llevan a los chicos a recorrer su velero por dentro, lo que a ellos les encanta.

Antonio Carlos emocionado nos cuenta que este viaje en familia, el que estamos haciendo, es el sueño de su vida. Yiya me dice que a lo sumo de vez en cuando sube a comer algo a metros del Club, para acompañar a este señor tan sediento de aventuras marítimas. Pero ella es una mujer de negocios, tiendas de ropa repartidas por Brasil. Vinieron el día anterior en helicóptero y vuelven al día siguiente volando a San Pablo. 

Bebemos vino. Siento aburrirme por años, ella también. En ese tiempo Antonio Carlos termina borracho, intentando que Luis lo acompañe con las copas. En un momento, cuando descubre sin querer los gestos que hace Yiya casi desde que llegamos, empieza como un disco rallado a decir un gusto conocerlos, fue un gusto conocerlos… 

En el camino, desde que empezamos este viaje el día en que nos subimos por primera vez al Vito en septiembre de 2020, nos fuimos encontrando invariablemente con hombres de vela. Familia, barco, dinero y la imposibilidad de viajar que les amarga la existencia. ¿Falta de tiempo? ¿Falta de decisión? ¿Falta de consenso? 

Una vez ubicados en nuestro barco, Antonio Carlos nos felicita como si fuésemos héroes, enciende el motor y se va. Hemos escuchado estoicamente los lamentos de un aventurero atrapado por una infinidad de compromisos. 


jueves, 7 de julio de 2022

Arribamos a Porto Belo

Zarpamos de Biguaçú rumbo a Porto Belo

Un mes en el baradero de Rogerio trabajando en algunas cuestiones básicas para seguir viaje. Biguaçu, un pueblito en proceso de crecimiento. Pesqueros. Río marrón, contaminado. Un día tras otro dentro del barco. Vida doméstica, infinidad de actividades y quehaceres prácticos. 

Nos recordamos constantemente que ese plazo fue para llegar hasta donde pudiéramos, que lo que no hayamos hecho quedará así. La promesa de los no-pendientes. Viajar sin esa carga. 

Salimos a motor y descubrimos que el timón automático no funciona. A mitad del camino, cuando viramos, izamos velas. Lindo viaje. Tranquilo. 

jueves, 30 de junio de 2022

Impresiones del viaje:

Nuestras primeras conservas pudriéndose en la proa.

El incierto proyecto de las marinas.

Los violines futuristas que no tuvieron futuro.


martes, 28 de junio de 2022

Vamos a una isla un poco más grande que el barco. Está conectada por una ilera de piedras a otra isla todavía más chica que la primera. Cruzamos por ese caminito y cuando llegamos decidimos volver rápido porque la marea crece y el bote no está amarrado. Lo vemos empezar a flotar desde la otra isla. Luis corre entre las piedras filosas, que van desapareciendo. Los chicos ser ríen de la forma en que va tambaleándese. 

Los pies rasguñados. Nos quedamos hasta que la isla se achica demasiado por la creciente. 

Un día hermoso.


martes, 14 de junio de 2022

‘Tener tiempo’, ‘estar ocioso’, ’andar errante’.

‘Ir de una parte a otra, sin oficio ni domicilio determinado’.

Seguimos en Río Biguaçú, en un pequeño baradero de un pueblito de pescadores. En frente, a 20 metros, del otro lado del río, una reserva ecológica. Los carapinchos nos miran desde el muelle.

Rogerio, el dueño del lugar. Temperamental, amable. 63 años. El sábado compartimos el día festejando su cumpleaños, nos quedamos hasta tarde charlando y brindando con él y Mauricio, su amigo artista. Fue un lindo momento. Al otro día una terrible resaca de melancolía por les amigues, los eventos donde sé que, en cualquier momento, puedo encontrarles.

En el desayuno escuchamos un audio de un compañerito de Nico donde le cuenta que está por salir hacia el jardín, que se hizo amigo de otros nenes de la sala. Al final le canta la canción con la que cada mañana se saludan al entrar. Los ojitos de Nico, brillantes de nostalgia. 

Desterrados.

Estamos en un lugar poco alentador, bastante feo y empobrecido. Tenemos todavía dos semanas más para terminar lo que nos queda, para dar por finalizados nuestros compromisos con el mundo de las obligaciones y los pendientes. 


martes, 7 de junio de 2022

Imágenes del viaje:

  • El Bandido amarrado al lado del Vito Dumas, en Punta del Este.
  • Una especie de conteiner con las ventanas cerradas para que no entre la luz, con un funcionario enorme, gordo, amable, asomando con parsimonia por detrás de un escritorio con una sonrisa bondadosa. Migraciones, Punta del Este.
  • Los pescadores del puerto de Punta del Este. El olor, las sonrisas desdentadas, los ojos rojos de trasnochar, preparando las ruedas de carnada entre carcajadas y música cachengue.
  • La empleada del Yacht Club de Río Grande do Sul aspirando rápido por la nariz hasta dejarla pegada y no permitir la entrada del aire una y otra vez. Muy maquillada, impecable. Ese tic.
  • Los marineros del Yacht Club de Jureré, transportándonos con seriedad en sus lanchas vaivén. Los únicos brasileños que no hablan ni entienden portuñol.
  • La oscuridad que atravesamos después del Cabo Santa Marta. El mar como ocultándose, lejos.
  • La risa de los chicos jugando interminablemente.

lunes, 6 de junio de 2022

El piloto automático parece estar listo, habría que probarlo mar adentro.

Desde el principio, todas las modificaciones y arreglos que vamos haciendo en el barco se dan de una misma manera: para trabajar sobre una cosa hay que arreglar otras tres previamente, si no es que descubrimos algunas más en el camino. Como por ejemplo las mil cosas que hay que cocer, alfombras, velas, defensas, y la máquina que no funciona. Un día entero dedicados a intentar repararla. Imposible.

Lo de las alfombras no es un tema menor. Se van enrollando, haciéndonos tropezar la mayoría de las veces, en los extremos hacia donde va la caída de los pisos. Los pisos son un rompecabezas que se arma y desarma cada vez que revisamos el estado de la sentina. La sentina es el fondo del barco, donde se junta el agua que hay que sacar lo antes posible: achicar.

Una lista interminable de pendientes que quedaron por hacer y que decidimos continuar mientras viajáramos, una vez cruzado el Cabo Santa Marta. Tenemos un mes en Biguaçú para esto.


miércoles, 1 de junio de 2022

Arribamos a Jureré

Llegamos por la mañana a Jureré, al norte de Florianópolis. Hermoso paisaje en una zona reparada del viento. Amarramos en las bollas del Yacht Club. Tres días esperamos a que pase el viento sur, fuerte, con el que podríamos haber seguido nuestro viaje. Pero decidimos parar a una hora de distancia en lo de Rogerio, amigo de Gabi y Gardelón. Queremos terminar de hacer algunos trabajos y reparaciones en el barco, el timón automático sobre todo. Así que bajaremos algunas millas hasta el Río Biguaçú. 

martes, 31 de mayo de 2022

Noche sin luna, pasando entre algunas isla y piedras sin señas ni faros. Me imagino viendo cosas. Veo luces por cualquier lado, flotando en el aire. ¿Serán rompientes? Vamos pegados a la costa, así desde Río Grande do Sul. Las luces de los pueblos y ciudades son reales, las playas iluminadas. Del otro lado una masa oscura donde la carta nos informa que hay rocas e islas. Pero se ve solo una masa negra. Gris oscuro. Una atmósfera densa, húmeda, desde donde llegan las ondas que nos levantan y entre las que nos hundimos una y otra vez.

Reviso mis sensaciones. No siento miedo, más bien es algo que viene del orden práctico. Intentar mantener el rumbo ante todo. El piloto automático que todavía no logramos hacer andar hace que tengamos que estar constantemente al timón. De noche, una hora cada uno. Descansar una hora y nuevamente esforzarse por ver lo invisible, por no dejar que las ondas acerquen peligrosamente el barco a la costa.

Pienso en la muerte sin romanticismo. Cómo sería más conveniente.


lunes, 30 de mayo de 2022

Momentos después de pasar el cabo de Santa Marta, oscurece y hace frío. Vamos a 6 nudos, a vela, con el timón de viento que nos permite disfrutar a todos reunidos en el interior del barco de una deliciosa sopa. 

domingo, 29 de mayo de 2022

Zarpamos de Río Grande do Sul rumbo a Jureré

Somos tres veleros los que salimos aprovechando el viento sur. Cuando pasamos por al lado, saludamos a los del Kira Kira, que nos dicen que van a esperar la próxima frente. Afuera el mar está movido. Olas de algunos metros nos elevan, cubren la cubierta y nos hacen combrobar qué cosas quedaron fuera de lugar, haciéndolas volar de un lado al otro dentro del barco.

sábado, 28 de mayo de 2022

Todo listo para salir. Ayer dedicamos el día entero a los últimos preparativos: supermercado, combustible, agua, marinizar el barco: cada cosa en un lugar del que no pueda salirse, incluidos nosotros.

Zarparíamos hoy temprano pero el viento varía y viene del este, cosa no muy segura porque nos lleva hacia la costa, las rocas. Así que aprovechamos para jugar hasta tarde con los chicos en la cama, pelea de cachorros. Después un desayuno magnífico en reemplazo del tecito y alguna fruta que teníamos previsto para prevenir los desastres digestivos que prbablemente nos traiga el reencuentro con el mar. 

Desde afuera se oyen voces de los barcos vecinos que esperan como nosotros un buen viento. Como hablan en portugués seguimos con nuestra sobremesa hasta escuchar unos golpecitos en la cubierta. Nos están llamando. Luis sale y sube al muelle, los chicos se asoman como suricatas por la escotilla y yo espero con mi café con leche en la mano, mirando nuestros flamantes adminículos de seguridad. Fabricamos unos violines (objeto que previene la caída de quien duerme en una cucheta cuando el barco escora) con una de las puertas que sacamos cuando empezamos a reconstruir el barco, esperando la oportunidad de usar esa forma ovalada convenientemente. El resultado es futurista artesanal. Sumada esa imagen al fondo (el resto del barco) resulta un conjunto imposible. 


viernes, 27 de mayo de 2022

Entre las interminables tareas previas a zarpar, toca retirar la ropa que dejé ayer después de pasear con el carrito buscando una lavandería por el centro viejo y zonas aledañas. La sensación no varía en relación a la decadencia general, pero recorrer las calles preguntando dónde encontrar una lavandería hace del entorno algo más amigable. 

Un taxi hasta el centro para solucionar el tema de los teléfonos y comprar las últimas cosas. Luis hablando en portugués: autiño, baúlchi, en frenchi. Otro taxi hasta la lavandería, explicarle en portuñol que es una calle con bulevares porque no llevé la dirección conmigo. Un taxista alto, flaco, alegre con muchos rulos. Se divierte con nosotros, se ríe. Nos vamos entendiendo. Cuenta que ya llevó a cuatro uruguayos que llegaron en velero. Sorprendido con nuestro viaje en familia, contento se ríe y pregunta. Vamos paseando por otras zonas, un canal que atraviesa toda la ciudad y tiene pocos pasos de un lado a otro. Nos lleva hasta donde comienza nuestro muelle. Nos despide como un pariente querido.


jueves, 26 de mayo de 2022

Hasta ahora solo conocemos la zona del Yacht Club, el Museo Oceanográfico, que queda al lado, la costanera que nos lleva hasta el centro viejo donde está el mercado de pescadores, el supermercado y las oficinas donde hacemos los trámites de ingreso al país. Grandes edificios coloniales venidos a menos entre construcciones bajas, nuevas pero de materiales poco duraderos. Una atmósfera de decadencia general, mucha gente viviendo en las calles. Perros durmiendo, tirados por las veredas como si fuese la única manera de estar que conocieran.

miércoles, 25 de mayo de 2022

Desde donde estamos amarrados podemos ver el muelle del Museo Oceanográfico. Luis logra divisar en uno de los barcos a una familia. Llamamos a la distancia. Se asoman. Toto y Nico contentos saludan a los chicos que también agitan los brazos. Quedamos en ir a saludarlos. 

Minutos después estamos reunidos en el cockpit del Kira Kira, Toto y Nico en el interior del barco intentando relacionarse después de un largo tiempo sin ver a otros chicos. Nosotros arriba conversando de las vicisitudes del viaje y de lo que nos espera. Entre otras cosas, el Cabo de Santa Marta. 


martes, 24 de mayo de 2022

El sábado llegamos a Río Grande Do Sul, Brasil. Un viaje realmente intenso. Salimos inmediatamente después de la tormenta, el mar quedó revuelto, ondas de cuatro metros yendo para un lado y, sobre ellas, olitas más pequeñas movidas por el viento yendo en dirección opuesta. Una batidora el barco, los chicos totalmente descompuestos. Dos días sin comer, sin poder tomar ni siquiera un trago de agua. 

Afortunadamente Gabi y Gardelón me dieron, en nuestro fugaz encuentro en Punta del Este, algunas pastillas milagrosas (Maclín, dicloridrato de meclocina) y puedo pasar los dos días a la altura de la situación. Pero no son pediátricas.

Los chicos descompuestos. 

Por las noches, dos horas de guardia cada uno, de día vamos viendo. 

Voy al timón, Luis al pié del mástil subiendo la mayor. Hay que poner el barco en contra del viento y mantenerlo así lo que dure la maniobra. Atenta a esto y a los chicos, que no dejan de vomitar. Para el próximo viaje ya conseguimos el nombre de unas gotitas pediátricas para el mareo. 

Cuando llegamos venden el barco y compran una casa, dice Toto.

Para entretenerlos, Luis tira una línea y, cosa que hasta ahora y en mejores circunstancias no nos pasó, pica un pez. Grande parece. Los chicos miran la maniobra embobados por el mareo. Otra vez poner el barco en contra del viento para disminuir la velocidad y que Luis pueda tirar con la caña. Sacar el pez del agua. Un gancho. Buscarlo en uno de los pañoles sin descuidar ni el timón ni a los chicos. Varios kilos. Alegría entre los marineros. Matar al pez. Procesarlo. Una tarea ingrata que emprende Luis, los chicos decaídos intentando ver pero ocupo mucho lugar para timonear tratando de que se distraigan y no miren, no vaya a ser cosa de que se descompongan todavía más. 

Una parte es nuestro almuerzo, nos turnamos para comer adentro del barco que se agita sin parar porque los chicos sienten nauseas constantemente. La otra parte la dejamos en sal para probar de hacer nuestras primeras conservas. 

Entramos a Río Grande a motor, uno o dos nudos a causa de la corriente en contra. Horas hasta llegar al Yacht Club. Originalmente íbamos a quedarnos en el Museo Oceanográfico pero Lauro, el director, nos informa que ya no hay lugar.

Amarramos al muelle exterior, esta vez como si se tratase de una actividad de rutina.


sábado, 21 de mayo de 2022

Arribamos a Río Grande do Sul

Ciudad de zombis, al menos el casco viejo, que es todo lo que llegamos a conocer por fuera del club náutico local.

martes, 17 de mayo de 2022

Hace días que llueve, hay viento, ayer nos quedamos sin gas y hay que achicar cada tantas horas. Sacando el agua con una esponja y un balde, previamente habiendo retirado todos los pisos de esa zona, para volver a ponerlos en su lugar una y otra vez. Los juegos ocupando una de las cuchetas por completo con la esperanza de que sobrevivan al menos algunas de las cajas, los chicos durmiendo juntos en la otra. 

Voy entonces vestida de goma amarilla al centro a retirar dinero, pero no funciona la tarjeta. Cambio los pocos dólares que tengo en la billetera para poder pagar el taxi que guarda en su baúl la garrafa salvadora. Voy ahora a la otra punta del pueblo a intentar cargarla y el lugar, a pesar de que faltan dos horas para que cierre, tiene un candado en la puerta. El taxista llama y le dicen que por el momento no hay gas, que no abren por eso. Hace días que no tienen gas. Y nosotros sin plan b.

Seguimos encerrados, el mal humor es general. Los chicos van alternando entre juegos y peleas. El barco se mueve con nosotros adentro oyendo el interminable aletear de la vela del velero vecino, que se zafó y se está desintegrando de a poco hace unos días. Tanto viento. 

Para hacer algo por nuestro porvenir, Luis se pone a cambiar el aceite al motor. Son las seis de la tarde, ya oscurece. El motor. El sonido del motor. Todos adentro, movidos por el constante ventarrón, aturdidos por el estruendo inagotable que no logra tampoco disimular el aleteo de la agonizante vela. 

Ya es de noche y toca achicar. Desarmar el barco, esponja y balde, volver a armar. Los chicos juegan entre pilas de cosas como si fuera montañas sin comprenderse dentro del desastre.


lunes, 16 de mayo de 2022

Llueve. Hace días. Nos quedamos en La Paloma a esperar a que pase esta tormenta, que viene con 50 nudos de viento.

Una vez más reforzamos los cabos, agregamos algunos de popa al muelle y el de proa a dos bollas. Dos sprints, uno a popa, uno a proa del lado que viene el viento. Así y todo escoramos como si estuviésemos navegando.

Nos tomamos la parte del día en que no llueve. Playa, barriletes, ducha. Hermoso. Más tarde, cuando comienza la tormenta fuerte, decidimos hacer nuestros ya tradicionales panqueques de días de lluvia. En la mitad de la cuantiosa producción nos quedamos sin gas. Decidimos entonces, para palear la situación y porque ya es tarde para solucionarlo, compartir con los chicos un juego de mesa. Para esto hay que abrir un espacio de guarda que hay debajo de uno de los asientos de la dinnete, sobre la banda de estribor. Resulta ser una sorpresa no muy agradable: todas las cajas húmedas, algunas totalmente empapadas. 

¿Agua? Sí, y es salada. 

Vaciar todo, buscar el rumbo. Suspender juegos y merienda. 

Encontramos dos hilos entrando sin pausa por una zona inesperada, justo sobre la línea de flotación que, al estar escorado el barco, queda por debajo del agua.

No podemos ver qué pasó, de dónde viene. No recordamos haber golpeado nada, al menos no con esa zona del barco. Porque cuando llegamos a Punta del Este, blandiendo el automático (un adminículo ingenioso hecho por Enrique para cazar bollas) el gancho resultó ser más chico que la argolla de la bolla, lo que nos dejó a la deriva. inexperiencia. Afortunadamente el barco con el que íbamos rumbo a una colisión irremediable tenía un sprint de cabo robusto sobre el que nos deslizamos hasta quedar paralelos al muelle. Fue ahí donde sentimos un golpe, pero fue sobre la otra banda, la de babor. Y al revisarla al otro día, Luis sumergido con su traje de neopreno y gafas, encontramos todo en orden.

¿Será algún golpe contra nuestro barco vecino en el puerto de San Isidro? No encontramos mejor respuesta, que tampoco nos convence del todo.


sábado, 14 de mayo de 2022

Un día perfecto. Es mediodía y va todo súper bien. Con Toto podemos hacer la tarea sin exabruptos, lee un montón, y Nico pinta sin ponerse nervioso. Después, Luis sale a comprar unos repuestos para el motor y mientras los chicos juegan tal vez pueda comenzar con el proyecto de las marinas.

Un día de sol hermoso.

Imposible. Lo que iba a ser un pequeño movimiento nos lleva todo el día. Amarramos el barco al muelle entre otros dos veleros usando cabos para moverlo. Horas. Inflamos el bote para llevar y traer cabos, los chicos adentro con sus salvavidas para pasar el rato. En breve llega el frente Sur que al parecer va ser muy fuerte. 


viernes, 13 de mayo de 2022

Hoy es nuestro tercer día de escuelita. El primero fue desastroso, todos peleados. El segundo también. Pero el tercero, previamente comentado y planificado durante el día de playa, mejoró considerablemente. 

Nuestra rutina matutina:

  • Los chicos se pasan a nuestra cama a hacer un rato de fiaca con nosotros (esto viene desde antes, desde siempre);
  • Nos cambiamos. Mientras uno hace el desayuno, el otro prepara el barco para el día. Nos vamos turnando y los chicos colaboran;
  • Escuela. Un día cada uno con cada uno de los chicos. Dos horas, un recreo;
  • Mientras los chicos juegan cocinamos y terminamos de acomodar todo; 
  • Almorzamos y nos queda el resto del día libre.

Lógicamente, este esquema admite infinidad de variables, incluyendo la posibilidad de que no acontezca nada de lo planteado. 

jueves, 12 de mayo de 2022

El puerto es grande, inhóspito. Algunos veleros (cinco, contando el Skua) en un muelle enorme, fornido. Hacia un lado pesqueros, hacia el otro la armada. Instalaciones espaciosas, prolijas, limpias, vacías. Lejos del pueblo, a media hora caminando por la playa. 

Salimos después de las nuevas rutinas matinales a pasear, conocer el lugar donde pasaremos al menos una semana a la espera de una buena condición para seguir hacia Brasil. Estamos preparados: una muda, toalla, agua, merienda, abrigo. Todo esto resulta poco, tenemos frío. Nico se empapó y no llevamos otra campera. Ya nos había pasado en Punta del Este, los chicos mojándose los piecitos en el mar terminan empapados.

La vuelta por la playa es muy ventosa ¡pero estamos tan contentos! En la arena, con el agua, a la vuelta con un viento que nos hace reír del frío. Corremos, saltamos, somos felices. 

miércoles, 11 de mayo de 2022

Arribamos a La Paloma

El viaje a La Paloma: muchas olas, poco viento, motor. Toto es el primero en descomponerse, después yo y Nico la pasa muy mal al final. Y  nos pensábamos ya acostumbrados. Luis haciendo maniobras y atendiéndonos parece un pulpo. 

Llegamos bien, de noche. El puerto es grande y pese a los nervios no es difícil entrar. Al amarrar me toca tirarle un cabo muy grueso a un prefecto, le acaricia la mano y cae all agua. Un desastre, ahora pesa diez veces más. Varios intentos hasta que el barco casi toca la amarra gigante de hormigón y se lo doy por poco en la mano. 

Finalmente podemos comer.  Brindamos y nos vamos a dormir. Nico no se entera, duerme hecho un bollito desde antes de arribar.



Zarpamos de Punta del Este rumbo a La Paloma

Otra vez sin vientos favorables: mucho motor. No sabemos si salir el martes por la noche, el miércoles por la mañana, o quedarnos en Punta del Este a dejar pasar un sur feo que se acerca.

Finalmente decidimos salir hoy y todo se precipita. Los Bandidos (Gabi y Gardelón) al tener que soltarse de la bolla de popa para dejarnos pasar deciden irse también, cosa que pensaban hacer por la tarde, rumbo a la amarra que dejamos nosotros en San Isidro. Preparativos rápidos, aunque ya está todo siempre casi listo.

Nos despedimos a la distancia, cuando ellos ya están zarpando. Nos debemos un abrazo.